Es la escena de siempre: llevas semanas con dolor lumbar, vas al médico y sales con un consejo que suena razonable — descansa. Y descansas. Y no mejora. Al mes siguiente el dolor sigue ahí, pero ahora además te has quedado sin fondo, te levantas peor de la silla y empiezas a pensar que tienes algo roto por dentro.
El dolor lumbar es la primera causa de discapacidad del mundo — no de España: del mundo. Con esa magnitud, uno esperaría que lo estuviéramos tratando muy bien. La realidad es la contraria, y las revisiones lo dicen con una franqueza incómoda: se usan de más el reposo, las pruebas de imagen, los opioides y la cirugía, y de menos lo que sí ha demostrado servir.
Qué le pasa a tu espalda cuando descansas
Empecemos por lo honesto, porque aquí también hay exageración. Vas a leer titulares diciendo que el reposo «destroza» la espalda. No es eso. Lo que dice la revisión Cochrane que compara reposo en cama frente a mantenerse activo (10 ensayos, 1.923 personas) es más sobrio: quien se mantiene activo va algo mejor. Mejoras pequeñas en dolor y en función, con certeza moderada. Y en la ciática —el dolor que baja por la pierna— no encontró diferencia.
Entonces, ¿por qué todas las guías desaconsejan el reposo? Porque el reposo no es un tratamiento: es la ausencia de uno. No hay nada que se esté curando mientras esperas. La guía española de referencia lo dice sin rodeos: «No se recomienda prescribir reposo en cama como tratamiento a ningún paciente; desaconséjelo formalmente». Y si el dolor te obliga a tumbarte, que sea lo mínimo posible.
El reposo no te destroza la espalda en 48 horas. Lo que hace es peor a largo plazo: te deja quieto esperando a que se cure algo que no se cura esperando.
— Equipo clínico Bsalud
El problema de fondo: casi nunca hay «algo roto»
Aquí está la clave que casi nadie te cuenta. En casi todas las personas con dolor lumbar no es posible identificar una causa concreta que lo explique. No es que no te hayan mirado bien: es que la causa puntual, en la mayoría, no existe. Solo una pequeña proporción tiene una fractura, una infección o un tumor detrás — y para esos casos están las señales de alerta que verás al final.
«Pero a mí la resonancia me salió con desgaste y hernias». Ya. Y aquí viene el dato que conviene leer dos veces. Se ha hecho resonancia a 3.110 personas sin ningún dolor de espalda. Esto es lo que salió:
La conclusión de los autores es que estos hallazgos son parte del envejecimiento normal. Tener el disco desgastado a los 60 es como tener canas: dice tu edad, no tu diagnóstico.
Ojo, y esto es importante para no pasarse de frenada: no es verdad que la resonancia no signifique nada. En menores de 50, quien tiene dolor sí presenta más hernias y más protrusiones que quien no lo tiene. Lo honesto es esto: esos hallazgos son tan frecuentes en gente sin dolor que, por sí solos, no explican tu dolor ni deciden tu tratamiento. No que sean invisibles.
Por qué pedir una resonancia «para quedarme tranquilo» puede salir caro
Se han hecho ensayos que reparten a la gente al azar entre hacer imagen precoz o no hacerla, en pacientes sin señales de alerta. Seis ensayos, 1.804 personas. Resultado: hacer radiografía o resonancia pronto no mejora el dolor ni la función, ni a corto ni a largo plazo. Por eso las guías, la británica y la española, dicen lo mismo: nada de imagen de rutina.
Y hay un efecto secundario que no aparece en el informe: la etiqueta. Un estudio de 555 trabajadores encontró que quienes recibieron una resonancia precoz acabaron con más gasto sanitario y más días de baja. Es un estudio observacional —no reparte al azar—, así que no demuestra que la resonancia lo cause: puede ser que a los peores se les pidiera antes. Pero encaja con algo que vemos a diario: quien sale de la consulta creyendo que tiene la columna «desgastada» se mueve menos.
Qué funciona, y cuánto de verdad
Aquí es donde la mayoría de las webs de fisioterapia te prometen la luna. Nosotros vamos a darte los números, incluidos los que nos dejan peor.
La revisión Cochrane más grande sobre ejercicio en dolor lumbar crónico reúne 249 ensayos y 24.486 personas. Frente a sus tres comparadores —no tratar, la atención habitual o un placebo— el ejercicio baja el dolor 15,2 puntos sobre 100, con certeza moderada. Eso sí es una diferencia que se nota. Pero en función —lo que realmente puedes hacer— la mejora es de 6,8 puntos sobre 100, y los propios autores dicen que no llega al umbral de lo clínicamente importante.
Y hay dos cosas más que conviene que sepas, aunque no nos convengan:
- El ejercicio es mejor que el consejo suelto o que la electroterapia — pero frente a la terapia manual, esa misma Cochrane <b>no encontró diferencias</b>. Quien te diga que la camilla no sirve para nada está yendo más lejos que la evidencia. Lo que dicen las guías es que la terapia manual no vaya <b>sola</b>: dentro de un plan con ejercicio, sí.
- <b>Ningún tipo de ejercicio ha demostrado ser el mejor.</b> La guía española lo dice literal: cualquier tipo parece tener efecto y no hay pruebas consistentes de que uno gane. Si alguien te vende su método patentado como superior, te está vendiendo algo que no está demostrado.
Incluso avisa de algo más: es posible que los estudios sobreestimen el efecto del ejercicio, porque quien hace ejercicio en un ensayo suele ser quien está más motivado.
No tenemos una técnica mágica. Lo que cambia el resultado es que se haga, que se ajuste a tu caso y que se mida. Eso es menos vendible y es lo que hay.
— Equipo clínico Bsalud
Entonces, ¿qué diferencia hay entre eso y ponerme a andar por mi cuenta?
Es la pregunta correcta, y tiene una respuesta con nombre. En 2023 se publicó un ensayo con 492 personas con dolor lumbar crónico: a un grupo se le dio un programa activo, individualizado y con seguimiento durante unos tres meses. La mejora en limitación de actividad fue clara y, lo importante, seguía ahí a los doce meses.
Ese es el formato que usamos: valorar, poner un plan estructurado y volver a medir con los mismos tests para ver qué cambió de verdad. No porque tengamos un ejercicio secreto — ya has leído que no lo hay —, sino porque el ingrediente que se sostiene en los datos es la continuidad y el ajuste, y eso solo pasa si alguien lo dirige y lo mide.
Y una frontera que hay que decir en voz alta, porque nos quita clientes: si tu dolor acaba de empezar, esto no va contigo todavía. La guía española es explícita — el ejercicio no está indicado en las primeras 2 a 6 semanas de dolor, ni durante los brotes agudos, y en las dos primeras semanas puede incluso aumentar el dolor. Este artículo va del dolor crónico: el que lleva más de tres meses instalado. Si llevas cinco días, lo que toca es seguir moviéndote con normalidad dentro de lo que puedas y esperar.
Cuándo el dolor de espalda SÍ es para ir al médico
Esto no lo decide un fisioterapeuta ni un artículo. Estas son las señales que las guías marcan como motivo de consulta — no de pánico.
Y el matiz que la propia guía obliga a añadir: estas señales solo significan que el riesgo es algo más alto. No suponen en absoluto que tengas una enfermedad grave, ni que sea siempre indispensable hacer pruebas. Sirven para consultar, no para asustarse. Quien decide si hace falta una prueba es tu médico.
El resumen, sin adornos
- El reposo no cura porque, en la inmensa mayoría, <b>no hay una lesión que curar</b>: hay un sistema que duele y que se recupera moviéndose.
- Lo que sale en la resonancia lo tiene también casi todo el mundo sin dolor. No define tu tratamiento.
- El ejercicio ayuda con el dolor de forma relevante y con la función <b>bastante menos</b>. Es lo que hay.
- No hay un método superior. Lo que cambia el resultado es hacerlo, ajustarlo y medirlo.
- Si acaba de empezar, espera. Si llevas meses, muévete — acompañado.
Si llevas meses así y nadie te ha medido nunca nada, esa es exactamente la conversación que tenemos en la primera sesión de fisioterapia clínica. Y si tu caso necesita más estructura, se aborda con un Plan Bsalud.
Escrito por el equipo clínico de Bsalud. Esta lectura es informativa y no sustituye la valoración de un profesional sanitario.


